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Testimonio de Efraín S.

Testimonio de Efraín S.

1971. Comenzaba un año más. El año de mi nacimiento. Llegaba a la vida sin saber lo que me deparaba el destino.

Recuerdo algunas cosas de mi niñez: fui un niño inconforme en todos los aspectos, muy exigente. Mi padre, ex bebedor, un neurótico. Mi madre, una persona que había sufrido mucho, también una neurótica. Aunque era muy pequeño para pensar en la muerte, no me agradaba la vida. En mi casa siempre surgían riñas y gritos intempestivamente. Era una casa de locos donde todos gritábamos y queríamos imponer nuestra voluntad. Así fue mi niñez, entre golpes, resentimientos, frustraciones, complejos y neurosis.

Había cumplido trece años cuando tuve mi primer trabajo, mi primer sueldo y mi primera copa. La primera de muchas borracheras, pues al tener contacto con el alcohol, aunque me fue desagradable la primera vez, pasó la sensación de rechazo y surgió en su lugar una alegría engañosa, una seguridad en mí mismo y mi complejo de inferioridad se convirtió en un complejo de superioridad. Mis primeras dos o tres borracheras fueron alegres, agradables. Poco duró el gusto, porque se apoderó de mí una obsesión terrible. Me di cuenta que necesitaba el alcohol para sentirme bien. Fue breve la transición entre mi primera copa y mi primer problema. Mi primera víctima fue mi madre, nunca se va a borrar de mi mente su semblante de dolor, cuando regresaba a altas horas de la noche y me esperaba sin poder dormir.

Mi padre reflejaba en su rostro una infinita tristeza. Me miraba con la boca seca de tanto fumar…

Los días pasaban y las borracheras continuaban. Más problemas, más rechazo familiar y de la sociedad. Perdí el empleo y además todo esto me ayudaba para seguir bebiendo, era mi mejor pretexto, mi excusa.

Cuando mi hermana iba a contraer matrimonio, mi madre me suplicó que no me emborrachara. Le prometí no hacerlo. De hecho, ya se lo había prometido muchas veces. Sin embargo, ese era un día especial. Pues bien, aún no se efectuaba la boda y yo ya estaba completamente borracho. Cayó la noche y la borrachera continuaba. Desde luego, mi madre me reprochó mi actitud. Creo que entonces me dijo mi precio. Pero al oírla, una rabia empezó a acometerme, una infinita rabia en contra de ella. Era como si quisiera matarla, destruirla. Ella pareció adivinar mis pensamientos porque me dijo:

-¡Anda, hazlo, mátame y entiérrame! Cuando esté muerta, vas y te embriagas en mi tumba. ¡Hazlo y baila y grita todo lo que me odias, porque estando yo muerta, ya no sentiré el dolor de verte cómo te estas matando en vida!

Pasaron unos días más en la búsqueda de algo que había esperado desde mi niñez. Lo encontré en Alcohólicos Anónimos. Llegué al Grupo Juan Salvador Gaviota. Sin embargo, era algo muy difícil, ¿cómo podía asimilar una persona de 17 años que era un alcohólico? ¿Cómo podía aceptarlo?

Mis compañeros trabajaron mucho conmigo y aún lo siguen haciendo. Nunca supe cómo ni cuándo acepté mi problema con el alcohol, pero no así con mi vida ingobernable. Quería seguir con mis deseos personales. Durante mi primer año en aa me casé y al segundo nació mi pequeñita. A pesar de todo, algo sucede que no puedo explicarme, porque al tercer año me separo-de mi esposa.

Me alejo de aa unos meses y pago un alto precio por mi vida ingobernable. La neurosis se manifiesta. Hoy entiendo las palabras de mis amigos de aa: “el que sale de los principios, enferma y muere”.

Aquella Semana Santa, agobiado por la soledad, cuando mi esposa se había marchado, volví a sentirme muerto en vida y nuevamente recurrí a mis amigos de aa.

El tiempo ha pasado. Sigo en AA y empiezo a entender a los demás. Sé que no puedo cambiar al mundo. Empiezo a percibir la presencia de Dios; ya no me conmisero. Ahora sé que Dios nunca me ha dejado solo y ya encontré la respuesta a mis preguntas, sobre todo aquella de ¿cómo podía ser un alcohólico, si sólo tenía 17 años?

Ahora creo firmemente que Dios me mandó a mi Agrupación de aa para darme la oportunidad de cambiar mi vida.

Ya no le pido a Dios que me devuelva a mi esposa o que le cambie su manera de pensar. TampoCo que me dé dinero o que me entiendan los demás. Lo único que le pido es que me dé valor para aceptar lo que me manda.

Nota(Tomado de la revista Dimensión, México: Conferencia de Servicios Generales, volumen 2, núm. 8, septiembre-octubre 1992.)

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