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La prevención del abuso del alcohol y el alcoholismo en las comunidades indígenas

La prevención del abuso del alcohol y el alcoholismo en las comunidades indígenas

Antropólogo Luis Berruecos1

Consideraciones generales sobre la prevención de las adicciones Todas las instancias que se han dedicado a trabajar sobre el problema del consumo de drogas –de las cuales la principal sigue siendo el alcohol– señalan que por el lado de la demanda, es decir, de los usuarios, este complejo asunto debe abordarse desde cuatro perspectivas diferentes: investigación, prevención, tratamiento y rehabilitación.

El reto de la prevención de las adicciones y de sus secuelas sociales –en particular sobre la salud– ha acompañado el consumo de sustancias desde que se tiene memoria, y el enfoque que se le ha dado a lo largo del tiempo, tiene que ver con la forma particular en que se ha conceptualizado el problema y la gravedad que se le ha atribuido.

De manera retrospectiva, vemos que tanto las tendencias del consumo como los problemas que se asocian con éste reflejan un variado comportamiento donde, en ocasiones, se observan incrementos o lo contrario, y se asocian con cambios en las actitudes de la población (de menor a mayor tolerancia), y con las respuestas a ésta demanda, que han oscilado desde la prohibición hasta el clamor por el libre mercado. Tradicionalmente se ha enfatizado la prevención del consumo de drogas ilegales sobre la limitación de las consecuencias del abuso de las drogas legales. Esto se liga a la ideología imperante. Así, se ha considerado normal que un ama de casa tome estimulantes o que un hombre adulto beba en exceso y aun se emborrache. Pero si un adolescente decide experimentar los efectos de la mariguana se considera un problema grave que requiere una respuesta social inmediata y aún severa. Por ello, en otros trabajos2 he insistido en que estas contradicciones sociales limitan las posibilidades de intervención. Para resaltar lo anterior, cabe recordar lo que ha señalado Medina Mora en cuanto a que:

[…] los programas encaminados a reducir la mortalidad o la discapacidad que resulta de la desafortunada conexión entre beber y conducir un automóvil (por ejemplo, limitar los horarios de venta o limitar las prácticas comerciales que favorecen la intoxicación como la hora feliz o las barras libres) reciben poco soporte social, porque atentan contra lo que se considera una decisión individual que no amerita la intervención de la sociedad.3

Por ello, hemos propuesto4 un enfoque fundamental integrado a las ciencias sociales en lo general y, en particular, el marco cultural o antropológico, específicamente, el etnográfico donde el problema de las adicciones debe verse en cuanto a los aspectos sociales y culturales del consumo de drogas, las etapas críticas en función de los modelos de prevención, los periodos de crisis y los factores de riesgo y de protección.

La prevención se realiza mediante la protección y la promoción de la salud y del ambiente, siguiendo cuatro criterios:

1. Magnitud. Esto es, número de personas afectadas mediante el conteo de defunciones y casos registrados (de lo cual se ocupa la investigación epidemiológica y psicosociocultural). 2. Trascendencia. Impacto económico, psicológico y cultural (también campo de investigaciones en ciencias sociales y criminológicas). 3. Vulnerabilidad. Probabilidad de evitar y controlar el problema de salud (campo de la prevención y el tratamiento y rehabilitación). 4. Factibilidad. Se refiere a los recursos para la atención a la salud, tanto materiales, financieros y humanos.5

En cuanto a la prevención en particular, se ha señalado que “no se ha concedido a la mente todo su valor en los programas de salud pública, y que las metas de la salud mental, en el contexto de la medicina preventiva, se refieren a prevenir los desórdenes mentales, fomentar la salud mental mediante la educación y el saneamiento del medio psicosocial, y organizar los servicios asistenciales para la prevención, el diagnóstico precoz y la rehabilitación, suscitando la participación activa de la colectividad en todas estas acciones”.6

Por lo anterior, resulta imprescindible conocer primero la dimensión de los problemas que van a atacarse y, al respecto, se ha visto que el conocimiento epidemiológico y las condiciones socioculturales que propician el uso de drogas son la base para el diseño de programas preventivos específicos dirigidos a la población afectada. Esto no siempre se toma en cuenta cuando se diseñan y aplican programas de prevención.

Medina Moraafirma que:

[…] el término prevención indica cualquier actividad que pretende reducir o retrasar el inicio del uso de drogas. Este término amplio puede entenderse como acciones de reducción de la oferta, orientación de prevención propia del sector de procuración de justicia, que establece que a menor disponibilidad de drogas, menor riesgo de consumo; reducción de la demanda, más común entre los profesionales de la salud que incluye esfuerzos para modificar la conducta, reducir el deseo de usar drogas y el control del consumo o la abstinencia en personas con problemas.7

En resumen, vemos que no siempre se toman en cuenta las premisas fundamentales para el diseño de programas preventivos, que deben basarse en una investigación diagnóstica previa para delinear el tipo de público al que se dirigen, y deben estar basados en información científica y en marcos teóricos sólidos, resultado de investigaciones incuestionables desde el punto de vista científico, conducidos por expertos entrenados previamente y que trabajen en agencias gubernamentales o de investigación, que cuenten además con la capacitación y la experiencia necesaria.8

A finales de 2006, la Comisión de Investigación en Salud convocó a un grupo de investigadores de los institutos nacionales de salud, de universidades y centros de investigación y de organizaciones de la sociedad civil, para que elaboraran un documento base a partir del cual analizar el estado actual del problema “con base en los Programas Nacionales contra las Adicciones (Tabaco, Drogas, Alcohol) de 1986 y sus revisiones posteriores, que incluyen una serie de líneas de investigación básica, clínica, epidemiológica y social cuyo fin es orientar y evaluar el impacto de las acciones propuestas”. Asimismo por esas fechas, la Comisión de Investigación en Salud (Comisa), auspiciada por la Academia Nacional de Medicina, convocó “a otro grupo de investigadores de las áreas básica, clínica y de salud pública, para hacer un balance de necesidades y emitir recomendaciones sobre las líneas de investigación prioritarias para el país”.

De esta manera, este conjunto de estudiosos propuso en un documento interno a las autoridades correspondientes o por venir (“La investigación en adicciones en México, 2000-2006″. Comisión de Investigación. Consejo Nacional contra las Adicciones CONADIC), varias líneas de acción y recomendaciones de desarrollo de infraestructura y entrenamiento de recursos humanos. En el borrador de dicho documento, por ejemplo, y con base en el Programa Nacional contra el Alcoholismo y Abuso de Bebidas Alcohólicas de 1986, se reconoce el “gran énfasis en la investigación epidemiológica y los estudios sociales, así como en la necesidad de contar con sistemas de registro adecuados, y en el estudio de la influencia de los precios en el consumo de alcohol”. Desde luego que los grupos indígenas fueron considerados como “especialmente relevantes”, aunque el propio documento reconoce que las líneas más apoyadas han sido las epidemiológicas, señalando que “en el programa de 2000-2006 del Consejo Nacional contra las Adicciones, se identifica con precisión las áreas en que la investigación puede apoyar el cumplimiento de sus metas, con el objetivo específico de reducir los rezagos en la atención del alcoholismo entre la población de bajos recursos”, para lo cual propone:

• El desarrollo de modelos de prevención y tratamiento culturalmente apropiados a la situación de los ámbitos rurales e indígenas. • La determinación de la prevalencia del alcoholismo en grupos indígenas mediante la aplicación de encuestas. • La generación y desarrollo de proyectos para la prevención del alcoholismo y del abuso de bebidas alcohólicas adecuados a los diversos grupos étnicos y comunidades rurales del país.

Para lograr lo anterior, se señala la necesidad de desarrollar

[…] un sistema de información sobre consumo de alcohol en toda la República… conocer a todas las organizaciones no gubernamentales y a los movimientos ciudadanos que, con enfoques diversos, realizan acciones de investigación, preventivas y de tratamiento en el campo del alcoholismo y fortalecer la inversión en la formación recursos humanos, investigación e infraestructura.

Así pues, resulta interesante una de las propuestas que se refiere concretamente a “conocer con mayor precisión las pautas culturales y las formas de consumo en los diferentes grupos de población vulnerables, rurales e indígenas”, amén de otras acciones orientadas a conocer la magnitud del problema entre mujeres y estudiantes y “vincular las acciones del Programa con instituciones de alta calidad en investigación, para el apoyo e instrumentación de las mismas” […] impulsando investigaciones referentes a indicadores de costo beneficio y costo efectividad en materia de prevención y tratamiento del alcoholismo” […] y “generando estudios sobre costos de la atención y costo social producidos por el alcoholismo y el consumo de bebidas alcohólicas”. A un año y medio de distancia de dicho documento propuesto a las futuras, hoy autoridades, nos gustaría conocer el grado de avance de estas propuestas y el cumplimiento de los objetivos trazados.

Acciones de investigación para la prevención En el documento al que acabamos de hacer referencia, se señala que muchas y variadas son las acciones que en la materia han llevado a cabo los organismos de la sociedad civil que han desarrollado y evaluado modelos de prevención, tales como los hechos por citar algunos, por el Inepar o el Imifap que, con apoyo de la Fundación Río Arronte ha desarrollado el programa “Yo quiero, yo puedo” con énfasis en la prevención de adicciones (Pick, S. y Givaudan, M. 2006).

Sin embargo, sorprenden las pocas acciones en materia de prevención, la cual, sin duda alguna, es la herramienta más barata, la de mayor alcance a corto, mediano y largo plazo y la que mejores resultados arroja. Ello sólo ocurre en grupos aislados, quizá con buenas intenciones, pero en ocasiones sin el soporte que da el conocimiento científico necesario. Hemos observado a largo del tiempo que, desafortunadamente, las campañas preventivas no se hacen en varios niveles, en diferentes momentos y escenarios, con contenidos variados y acordes a la población a la que se destinarán y, sobre todo, con programas de seguimiento y evaluación que midan sus resultados positivos y negativos y, desde luego, de manera coordinada.9

A pesar de lo anterior, han habido esfuerzos importantes de diseños preventivos (Para vivir sin drogas del cij, Chimalli del Inepar, pepca de la sep y Construye tu vida sin adicciones de la Ssa, etc.); también, desde 1986, el Conadic planteó la coordinación de esfuerzos para la prevención y el combate de los problemas de salud causados por las adicciones, y el Instituto Mexicano de la Juventud, hace 12 años, ejecutó un programa denominado Prevea Programa Nacional Juvenil para la Prevención de las Adicciones.10

Resulta evidente que es necesario diseñar nuevas políticas públicas en la materia, para lo cual se requeriría de variadas tareas que corresponderían tanto al gobierno como a la sociedad civil y que podrían concentrarse en cuatro acciones que no pueden posponerse más, si es que de verdad se quiere atender el problema.

En primer término, resulta prioritario asignar más recursos a la investigación –pero no sólo de corte clínico o biomédico– acerca de los patrones de consumo por población, y que se dediquen más esfuerzos al entorno rural e indígena del que poco conocemos.11

En segundo lugar, destinar esfuerzos a la capacitación de personal que atienda el problema y sepa investigarlo; el asunto de las adicciones es un tema muy complejo que requiere no sólo de una buena capacidad investigativa, sino también, de conocimientos amplios del problema, lo cual lleva tiempo. A lo anterior, habría que agregar que hoy en día son contados los especialistas serios que conocen realmente qué son las adicciones y cómo funcionan en el organismo, los efectos que provocan y cómo debe atenderse a un paciente que presenta síntomas de la enfermedad. Una de las múltiples tareas pendientes se refiere, desde luego, a la revisión de los planes y programas de estudio de las múltiples escuelas y facultades de medicina y otras áreas de la salud e incluso de las ciencias sociales que hay en el país, por ejemplo, para poder así constatar que la información que se les proporciona a los estudiantes es muy pobre y deficiente. Y para seguir sumando tareas pendientes, recordemos que en México hay no más de dos mil psiquiatras que tradicionalmente atienden estos problemas, de los cuales sólo muy pocos son miembros de la Academia Nacional de Medicina, y no muchos están capacitados para atender problemas de adicciones para una población de más de 100 millones de personas, de las cuales un porcentaje significativo lo constituyen los propios adictos con cifras preocupantes de consumidores habituales, lo que refleja la urgencia de formación de recursos humanos en este campo.

En tercer lugar, la rehabilitación y el tratamiento de quienes desafortunadamente han contraído la enfermedad, tarea nada fácil si miramos las pobres estadísticas de recuperación que se logra a pesar de los variados tratamientos que existen. Es una pena que las instituciones oficiales de salud no atiendan el problema, menos ahora que están en vías de privatización. Creemos asimismo que no hay controles adecuados de las autoridades sobre los que dicen tener en sus manos el tratamiento ideal y a veces hasta mágico, muchas de las veces nada científico, y que se basa en creencias, tradiciones, modas y mercadotecnia, aprovechando la necesidad de la familia del paciente de recurrir a lo que sea con tal de aliviar al enfermo. Sorprende sobremanera constatar la cantidad de personas que anuncian sus servicios como terapeutas o especialistas y que, en realidad, no tienen capacitación para ello, lo cual evidentemente se explica como una respuesta de la sociedad ante la ausencia de programas oficiales de tratamiento y rehabilitación, inexistentes en el sector salud. Esto implica que un enfermo, si no cuenta con los recursos necesarios para su atención, seguramente caerá en situaciones como las descritas.12

La investigación mexicana en la materia es, en realidad, muy reciente. El exceso en el consumo de alcohol, por ejemplo, y la propia enfermedad del alcoholismo, constituyen, sin duda alguna, graves problemas de salud pública en casi todos los países del mundo, pero sobre todo, en aquellos donde sus efectos se conjugan con graves retrasos en lo económico y social. Es el caso de México donde se calcula que en la actualidad, la población afectada de manera directa o indirecta cubre casi la mitad de la población total.

Aún cuando existen reportes desde finales del siglo xix de estudios médicos enfocados a los efectos del consumo en el organismo humano, la investigación psicosocial y cultural sobre este problema se remonta apenas a los años setenta, con el surgimiento del actual Instituto Nacional de Psiquiatría y su División de Investigaciones Epidemiológicas y Sociales, que es la que más estudios ha hecho en la materia. Aún así, a la fecha prevalece en el ámbito científico el enfoque médico (sanitarista, epidemiológico y clínico) en detrimento de los estudios de corte social, psicológico y cultural, lo cual se evidencia también por la cantidad de estudios hechos en zonas urbanas cuando la población rural en México es aún alta.

Por ello, no sorprende la falta de conocimiento que se tiene por ejemplo, de lo que ocurre en las comunidades indígenas, donde la pobreza y la marginación acentúan los efectos del consumo. Cabe mencionar que en la actualidad, esta población indígena asciende a cerca de 16 millones de habitantes, hablantes de 64 lenguas diferentes.

Este complejo mosaico cultural impone tareas urgentes, creativas y que no pueden ya postergarse, sobre todo en los albores de un nuevo siglo, por lo cual podemos afirmar que existe poco interés científico por lo que sucede en el medio rural. También tendría que analizarse las causas de la no inclusión en las políticas públicas de alternativas para afrontar los retos del porvenir en este mundo rural en cuanto al consumo excesivo y el alcoholismo.

Desde hace tiempo se han hecho varias encuestas nacionales de adicciones entre las cuales, desde luego, se incluye el alcohol. Desafortunadamente, la mayoría de ellas tiene un enfoque más bien urbano que rural. Asimismo, existen varios estudios en población infantil, adolescente, escolar y universitaria, pero de nuevo casi todos fueron desarrollados en grandes urbes. Por tanto, no sabemos exactamente cuál es la dimensión del problema en las zonas rurales o indígenas donde sus efectos devastadores son aún mayores debido a la marginación y pobreza en la que se encuentran sumidas desde la Conquista. Por lo anterior y como señalamos al principio, no pueden diseñarse programas preventivos para las zonas indígenas si antes no conocemos la magnitud del problema.

Para comprobar el desinterés gubernamental en materia de atención al problema (más en términos de prevención, tratamiento y rehabilitación), hicimos un estudio acerca de la legislación emitida en materia de bebidas alcohólicas desde el Porfiriato hasta el sexenio de Miguel de la Madrid. Sin sorpresas, encontramos que existen innumerables (905) acuerdos, decretos, normas y reglamentos enfocados básicamente a la oferta, es decir, a la aprobación de permisos para la venta, circulación, distribución y consumo de bebidas alcohólicas, que es lo que más ganancias reporta al gobierno, por ejemplo, en materia de impuestos, que en materia de la demanda, la prevención y la educación a la que se han dedicado en casi 80 años solamente cuatro acuerdos que no han tenido capacidad ejecutiva.

La única acción oficial importante en los últimos años es la creación del Consejo Nacional contra las Adicciones (Conadic) que actualmente funciona con poca capacidad ejecutiva, escaso presupuesto y personal, y que debe atender no sólo la adicción al alcohol, que es el principal problema de drogas en México, sino otras enfermedades provocadas por el consumo excesivo.

Ante el panorama anterior, y la ya no tan reciente aparición del sida, hay que recordar que los pocos recursos en materia de salud se han desviado a atender –y no necesariamente en su totalidad– este padecimiento, restando importancia a problemas como el consumo del alcohol.

La prevención en zonas indígenas Pocas son las campañas oficiales en materia de educación y prevención aun cuando se han hecho algunos esfuerzos por parte de las autoridades educativas y de salud que, desdichadamente, no se han traducido aún en cifras que demuestren la reducción del problema. Por ello, nos atrevemos a decir que hay una ausencia importante de políticas públicas en la materia y esto es evidente en el caso de las comunidades rurales o indígenas donde no hay investigación o es muy poca, o tampoco existen programas de educación o prevención.

En razón de lo anterior, no sería temerario afirmar que no existen en México políticas públicas para la atención de problemas derivados del consumo excesivo de alcohol y el alcoholismo en poblaciones rurales o indígenas. Cabe señalar también que desde hace muchos años, el alcohol es no solo uno, sino el instrumento ideal para el endeudamiento de los trabajadores y jornaleros agrícolas, en su mayoría de origen rural o indígena a quienes se les paga con alcohol parte de su salario y se les endeuda de por vida.

Si el alcohol forma parte importante de los ciclos de vida que se inician con el pedimento de la novia hasta el nacimiento del hijo y su paso por los diferentes procesos y momentos sociales; si el alcohol es parte de las tradiciones y costumbres de los pueblos desde tiempos ancestrales, y si también es uno de los negocios más importantes que existen en nuestro país, cabe preguntarse por qué no existen en México políticas públicas como sí las hay en otros países desarrollados, que atiendan el problema de la demanda, es decir, de los usuarios afectados por este consumo.

Si se diseñaran nuevas políticas públicas en la materia, varias serían entonces las tareas que corresponderían tanto al gobierno como a la sociedad civil, y pueden concentrarse en las cuatro acciones que señalamos y que no pueden posponerse más, si en verdad se quiere atender el problema.

Tales tareas se refieren a la investigación, sobre todo enfocada al entorno rural e indígena del cual poco conocemos; a la capacitación de personal y al diseño de campañas preventivas de acuerdo con los señalamientos que ya hicimos; a la rehabilitación y al tratamiento, sin olvidar que a pesar de las normas oficiales vigentes, continúan existiendo centros de tratamiento, rehabilitación y atención que no cuentan con personal capacitado ni mucho menos especializado, y que no son controladas por ninguna autoridad. Lo mismo sucede en materia educativa donde cualquiera inventa cursos que la mayoría de las veces son impartidos por personas que, como mencionamos, no tienen la capacidad para hacerlo.

La cruda realidad del panorama que aquí presentamos nos hace pensar que los diversos gobiernos se han desentendido en gran parte del problema al no proveer mayores recursos para la investigación, al no supervisar los centros de atención o los programas que se imparten y al no tomar medidas más drásticas para que se cumplan las leyes, por ejemplo: en materia de control sanitario, publicidad de bebidas alcohólicas, en la proliferación de centros y puntos de venta, horarios y múltiples ofertas que constante e impunemente se lanzan por doquier para promover el consumo excesivo.

Si el alcohol llegó para quedarse y así ha sido por miles de años y por lo visto seguirá siendo, si las campañas abstencionistas han fracasado y si el problema sigue creciendo, pues aumenta no sólo la población sino consecuentemente la producción y el consumo, es hora ya de que el gobierno actual y la sociedad se concienticen de los graves daños que causa a la propia sociedad tanto el consumo excesivo como el alcoholismo y se tomen las medidas adecuadas. En muchos otros países se ha decidido, por ejemplo, subir la edad límite para la venta de alcohol; en otras, las restricciones de venta son mucho mayores al igual que en relación con la publicidad; en otros más, los castigos por conducir en estado de ebriedad son realmente altos y se cumplen y existen lugares donde no se otorgan permisos para la producción mas allá de las expectativas que su venta puede ocasionar, por lo cual hay controles más estrictos y con esas y otras medidas, se ha logrado abatir un poco el problema. Por otra parte, en países desarrollados existen grandes centros interdisciplinarios de investigación, revistas científicas, eventos internacionales académicos de diversa índole y de alto nivel, que estudian el problema, legisladores concientes de las reformas legales que deben hacerse y, sobre todo, recursos del Estado para la atención de los enfermos: nada de eso sucede en México salvo de manera aislada, sin coordinación y con pocos resultados efectivos.

Cabría entonces preguntarse de nuevo si de verdad hay voluntad política para atender este problema de magnitudes insospechadas y que afecta a toda la sociedad. Planes van y vienen, se inventan campañas sin resultados concretos que gastan más en su propia publicidad que en la atención del problema; se hacen apologías y se dedican días al problema del tabaco o de otras drogas, se instrumentan congresos de toda índole, los investigadores publican algunos resultados con los magros recursos con los que cuentan para su tarea. Pero a la par, continúan los actos de violencia intra familiar, los accidentes de trabajo, los suicidios, los homicidios, las pérdidas económicas mayores y todo tipo de situaciones que podrían, si no eliminarse completamente, cuando menos abatirse o prevenirse de alguna manera si existiera conciencia del problema entre las autoridades, voluntad de acción y modificación de leyes obsoletas o que no se aplican.

Todo lo anterior, obviamente, se agrava de manera alarmante en las zonas indígenas donde en ocasiones ni siquiera existen accesos carreteros, agua potable, luz o centros de salud; donde las condiciones de empleo y la alimentación son desastrosas; y donde también concurren los consumos excesivos ligados fuertemente a las tradiciones y a la religión. Por lo cual el reto es enorme para los investigadores, para los diseñadores de programas preventivos y para los encargados, si los hay, de programas de tratamiento. Así que mientras no se preste atención y recursos suficientes al problema del consumo excesivo y del alcoholismo, para conocer su magnitud y los mejores caminos para atacarlo, tendremos que seguir contendiendo con los devastadores efectos en la sociedad, no sólo urbana, que esta enfermedad trae consigo.

Notas 1 Antropólogo social e historiador. Profesor titular de tiempo completo y decano del Departamento de Relaciones Sociales de la uam-Xochimilco. Profesor de asignatura en la Maestría en Administración con Formación en Sistemas de Salud, División de Estudios de Posgrado, Facultad de Contaduría y Administración, unam.

2 “Aspectos culturales que inciden en la prevención de las adicciones”, en Liberaddictus, vol. XI, núm. 79, mayo-junio, 2004, pp. 15-23.

3 “La prevención de las adicciones en jóvenes”, en Alfredo Nateras Domínguez (coord.), Jóvenes, culturas e identidades urbanas, México, Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa y Miguel Ángel Porrúa, 2002, 439 pp.: 303-326.

4 Véase de este autor: “Un enfoque antropológico sobre el alcoholismo”, en Liberaddictus, año 3, núm. 17, 1998, pp. 8-10.

5 Véase de este autor: “Aspectos culturales que inciden en la prevención de las adicciones”, en Liberaddictus, vol. XI, núm. 79, mayo-junio, 2004, pp. 15-23; “La prevención de las adicciones”, capítulo III del libro Curso básico sobre adicciones, Centro contra las Adicciones, Cenca, y la Fundación “Ama la Vida”, I.A.P. Ciudad de México, 1994, pp. 131-164.

6 Ramón de la Fuente Muñiz, “La prevención en el campo de la salud mental”, en Memoria de la II Reunión de Salud Mental, Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia, Monografías, Serie núm. 1, 1987, pp. 213-222.

7 Medina Mora, Op. cit.

8 Véase de este autor: “El consumo de bebidas alcohólicas y el alcoholismo en la población indígena mexicana”, en Escenario multiétnico. Retos para la atención del alcoholismo en pueblos indígenas, capítulo II, México, Secretariado Técnico del Consejo Nacional contra las Adicciones, Conaidc, Secretaría de Salud, Sa, 2005, pp. 21-27; “La educación contra el alcoholismo a través de los padres y educadores”, en Revista EDUCREACIÓN, revista Institucional del Partido Nueva Alianza, año 1, núm. 03, marzo 2006, pp. 4-7.

 9 Centro de Estudios sobre Alcohol y Alcoholismo, Cesaal, Las bebidas alcohólicas y la salud: Curso para padres de familia y educadores, 3ª ed., México, Trillas, 1991. 134 pp.; Narro Robles, José et al., “Consecuencias comunitarias del consumo de alcohol”, en Tapia Conyer, Roberto (ed.), Las adicciones: dimensión, impacto y perspectivas, México, Manual Moderno, 1994. pp. 229-244.

10 En Conadic Informa, boletín especial, junio 2001.

11 Medina-Mora, María Elena, “Las adicciones: su situación actual”, en Berruecos Villalobos, Luis et al., Curso básico sobre adicciones, México, Fundación Ama la Vida, A.C., antes Centro contra las Adicciones, 1994. pp. 9-52; Berruecos op. cit.

12 Véase de este autor: “La investigación sobre el consumo de alcohol entre la población indígena de México”, trabajo presentado en el V Congreso Nacional de Especialistas en Adicciones, organizado por Liberaddictus y el Centro Estatal contra las Adicciones en Jalisco, 19 a 21 de agosto de 2004, Guadalajara, Jalisco, y publicado en Liberaddictus, año XII, núm. 85, mayo-junio, 2005: Ciudad de México: ContrAdicciones, Salud y Sociedad, A. C. y Liberaddictus: 9-15 pp.

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