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Una profecía que se cumple a sí misma:Tras los mitos del consumo femenino adolescente de cigarrillos

Una profecía que se cumple a sí misma:Tras los mitos del consumo femenino adolescente de cigarrillos

Por María Luisa Jiménez Rodrigo*

 ”Si los individuos definen las situaciones como reales, serán reales en sus consecuencias”. Teorema de Thomas

“Ser hoy mujer joven o adolescente constituye el principal factor de riesgo para fumar”. Hilary Graham, 1993

Introducción En las últimas décadas se ha venido produciendo una llamativa novedad sociológica e histórica en lo que se refiere a los usos y costumbres en torno al consumo de tabaco. Fumar cigarrillos ha pasado de ser una práctica tradicionalmente masculina a ser un comportamiento cada vez más común y extendido entre las mujeres, especialmente entre las más jóvenes.

En gran parte de los países, se ha producido un espectacular incremento del consumo de cigarrillos entre las jóvenes y adolescentes. Incluso en algunos de ellos –como en muchos de la Unión Europea– las chicas superan a los chicos en la prevalencia de inicio y de consumo habitual. Según los resultados de la encuesta global sobre consumo de tabaco entre la población joven, llevada a cabo por la Organización Mundial de la Salud (oms), la brecha en el consumo de cigarrillos entre chicas y chicos se está reduciendo de manera sustancial en los continentes europeo y americano (WHO/Global Youth Tobacco Survey Collaborating Group, 2003). La oms ha mostrado gran preocupación sobre la extensión del consumo de cigarrillos industriales entre las mujeres –muchas de ellas adolescentes y niñas–, identificando el consumo de tabaco como un factor básico de desigualdad de género en salud (WHO, 1999).

La tabaquización de las chicas jóvenes y adolescentes está fuertemente relacionada con la transformación de los valores y significados culturales y de género atribuidos al consumo de tabaco, y su adecuación y compatibilidad con los roles, necesidades, expectativas y modelos sociales y corporales hegemónicos de feminidad. Fumar cigarrillos presenta para las mujeres una serie de nuevos y específicos beneficios y ventajas emocionales, corporales, sociales y simbólicas que le otorgan una funcionalidad excepcional dentro de sus experiencias cotidianas. Estos nuevos significados se encuentran tan arraigados dentro del imaginario femenino adolescente y juvenil que constituyen un poderoso motivo para comenzar a fumar, continuar fumando y no abandonar el tabaco.

Estos sentidos pueden ser considerados como mitos puesto que son representaciones deformadas o idealizadas del consumo de cigarrillos y de la mujer fumadora que se forjan en la conciencia colectiva de las mujeres adolescentes y jóvenes y que operan con gran eficacia simbólica y práctica, hasta el punto de que pueden crear realidad. Se podría decir que se trata de una profecía que se cumple a sí misma. Las personas no sólo responden a los rasgos objetivos de la situación, sino también, y a veces primordialmente, al sentido que la situación tiene para ellas (Merton, 1968). O lo que es lo mismo, en la adopción de una nueva práctica o idea, el peso de la percepción subjetiva –es decir,cómo la perciben, la valoran o la experimentan las propias personas protagonistas– puede ser más importante que sus atributos objetivos (Rogers, 1995). En el caso del consumo femenino de tabaco, se aprecia cómo las características objetivas de fumar cigarrillos y sus consecuencias –habitualmente definidas desde instancias biomédicas– tienen escaso valor para las chicas y jóvenes que comienzan a fumar, que otorgan mayor relevancia en el contexto de sus vidas a las imágenes míticas e idealizadas del consumo de tabaco.

En este artículo se realiza una síntesis de los mitos en torno al consumo de cigarrillos con mayor calado entre la población femenina adolescente y joven. Estos resultados emergen de una investigación de carácter cualitativo –basada, fundamentalmente, en el uso de entrevistas en profundidad, discusiones grupales y análisis de la publicidad– cuyo objetivo central es analizar y comprender las prácticas y significados culturales del uso de cigarrillos entre las mujeres fumadoras (Jiménez Rodrigo, 2007).

Los mitos sobre el consumo femenino adolescente de cigarrillos En la construcción, afianzamiento y mantenimiento de los mitos sobre el consumo femenino de cigarrillos, cabe destacar tres procesos interrelacionados: primero, la agencia de las industrias tabaqueras –esencialmente, a través de su publicidad– y de los medios de comunicación de masas –como el cine– ha sido crucial para la transformación de una práctica tradicionalmente considerada como masculina en un comportamiento compatible, e incluso facilitador, de los modelos femeninos de éxito; y, sobre todo, para la difusión de los nuevos significados del consumo de cigarrillos para las mujeres; segundo, a través de las dinámicas de reproducción de la experiencia social, las chicas adolescentes y jóvenes observan y aprenden que otras mujeres de su entorno –esas otras significativas como madres, hermanas, amigas, vecinas o profesoras– fuman y lo hacen en unas circunstancias y con unas motivaciones muy concretas; y tercero, hay que destacar su dimensión transcultural, ya que estos mitos –como consecuencia de la progresiva globalización de los patrones occidentales femeninos– tienen un creciente alcance mundial, poniendo en cuestionamiento las reglamentaciones tradicionales de género en torno a los usos del consumo de tabaco en los países no occidentales.

Estos mitos se pueden sintetizar en las siguientes enunciaciones tomadas de los discursos de las mujeres adolescentes y jóvenes fumadoras: 1) “Fumar relaja”; 2) “Fumar adelgaza”; 3) “Fumar es un visado hacia la madurez”; 4) “Fumar te hace más mujer” 5) “Fumar es guay”; y 6) “Fumar ayuda a ligar”.

Mito 1. Fumar relaja Un primer mito se relaciona con la creencia de que fumar relaja y que las mujeres fuman cuando están nerviosas. Para las chicas adolescentes fumar cigarrillos es un medio muy importante para la reducción del estrés, sobre todo en lo que se refiere a las tensiones relacionadas con los estudios o problemas en sus relaciones familiares y personales. Así lo expresaba una chica fumadora que sentía una gran necesidad de fumar “sobre todo cuando estaba de exámenes o me peleo con mi padre o con mi madre[…] Fumar me calma los nervios. Yo creo que me relajo.” El cigarrillo se muestra especialmente útil para aliviar el nerviosismo de las estudiantes durante la época de exámenes. Gran parte de las chicas jóvenes entrevistadas enfatizan este uso relajante del tabaco y reconocen que su consumo se incrementa notablemente durante las evaluaciones: “También por eso, que te sales de la biblioteca a fumarte un cigarro, te sales más veces porque estás más nerviosa y parece que te pincha la silla o porque estás nerviosa y te lo fumas. Te agobias y dices: ‘No voy a aprobar, me agobio, me agobio, no voy a aprobar, no me da tiempo’. Y dices: ‘Ahora te fumas un cigarro, te sales fuera a que te dé el aire, a tranquilizarte’. Y luego, vuelves a estudiar…”. El no saber canalizar adecuadamente la tensión de los exámenes puede constituir un factor de riesgo muy importante en la habituación de las chicas adolescentes y jóvenes que empezaron a fumar de manera recreativa o experimental.

Fumar cigarrillos entre las mujeres jóvenes también está relacionado con la transición al mercado de trabajo, lo que constituye un nuevo factor de riesgo para su habituación, puesto que fumar se ha convertido en una respuesta al estrés, a la frustración y a la inseguridad laboral que sufren muchas chicas cuando pretenden entrar en la esfera del trabajo asalariado.

Esta fuerte relación entre consumo de tabaco y relajación en las adolescentes también ha sido observada en otros estudios (Nichter et al., 1997) y puede llegar a ser tan importante como para decidir empezar a fumar. Mientras que para las chicas la vinculación entre tabaco y estrés es muy poderosa y significativa, en el caso de los chicos esta relación es muy débil (Byrne y Mazanov, 2003). Es preciso atender a las desigualdades en la distribución de roles y en la asignación de recursos sociales y económicos, que ya desde la adolescencia pueden marcar diferencias en la exposición a las circunstancias potencialmente estresantes y en la accesibilidad a las estrategias para afrontarlas. Por una parte, las chicas no cuentan con otros medios socialmente adecuadas para desahogar sus ansiedades y preocupaciones, como sí los tienen los chicos, por ejemplo, el deporte, las aficiones o la agresividad; y por otra, las chicas pueden vivir e interpretar de manera diferente a los varones las experiencias estresantes de la adolescencia. La transición de la adolescencia a la adultez puede presentar especiales dificultades para éstas ya que han de adaptarse a un conjunto de expectativas y roles que pueden resultar contradictorios e incompatibles –como, por ejemplo, entre el modelo tradicional de ser “buenas chicas” y ser chicas populares, “guays”, más en concordancia con un rol más moderno y afín a la interacción con su grupo de iguales (Byrne y Mazanov, 2003).

Mito 2. Fumar adelgaza Un segundo mito es la utilización del cigarrillo como instrumento controlador del apetito y del peso corporal, lo que está fuertemente vinculado al modelo corporal femenino imperante en Occidente e importado a otras zonas del mundo, donde la delgadez es el valor supremo del atractivo y del triunfo femeninos. La creencia de que “fumar adelgaza” se ha conformado como una creencia entre las adolescentes y jóvenes bastante sólida y generalizada. Una creencia que lleva a muchas muchachas, incluso casi niñas, a comenzar a fumar para adelgazar. Resulta significativo escuchar las palabras de las adolescentes que afirman que dejan de desayunar o de tomar “la torta del recreo” para fumarse un cigarrillo y así quitarse el hambre y no engordar. En el imaginario femenino, el cigarrillo se percibe como una importante herramienta para controlar su apetito y reducir o mantener el peso deseado. “Fumar un cigarrillo quita el hambre” es una afirmación prácticamente unánime entre las mujeres fumadoras entrevistadas. Para gran parte de ellas, el cigarrillo es un medio efectivo para “matar” momentáneamente el hambre hasta la hora de la comida: “Por ejemplo, llega la una de la tarde y tú tienes un montón de hambre y dices: ‘Me voy a fumar un cigarro’, pero porque hasta las dos y media sabes que no vas a comer. O… yo qué sé… Tenías clase a la una y entras y tienes hambre y no te da tiempo a comerte nada, pues dices: ‘Me fumo un cigarro y se me quita un poco el hambre’. Es como comerte un chicle, que también te quita el hambre, un poco, momentáneamente”. Para algunas fumadoras jóvenes, ésta es una de sus principales ventajas o aspectos positivos y es que “mientras estás fumando, no estás comiendo”.

Si bien este mito puede constituir un factor importante para el inicio de muchas adolescentes también constituye una férrea barrera para dejar el tabaco por el miedo a engordar. De hecho, la actitud que prevalece es que “prefiero seguir fumando a engordar”. Esta relación entre tabaco, alimentación y cuerpo se vuelve más compleja cuando comienzan a intervenir factores como la ansiedad y la preocupación excesiva –y en ocasiones, obsesión– por el peso corporal, planteándose su papel dentro de los desórdenes alimenticios. En estos casos el cigarrillo se convierte en una herramienta, probablemente entre otras más, para un control metódico y exhaustivo del peso corporal. Fumar, además de para inhibir el apetito y evitar las comidas, también se puede emplear como laxante, para eliminar rápidamente los alimentos ingeridos.

Mito 3. Fumar es un visado hacia la madurez Entre las chicas adolescentes, el cigarrillo además tiene una función muy relevante en la definición de la imagen social que desean proyectar a los demás. Esta imagen está ligada fundamentalmente con la madurez y la independencia. Así lo expresaban las fumadoras cuando recordaban sus inicios: “Y en el instituto, pues eso, las mujeres que fumaban parecían como más mayores o algo así. Daban la imagen de más mayores, con más estilo, con más personalidad…”. De hecho, “aparentar ser mayor” suele ser uno de los principales motivos de inicio verbalizados por las mujeres fumadoras. Fumar es percibido por las chicas como un “visado hacia la madurez”. Muchas de ellas se sienten más adultas, más mayores con un cigarrillo en la mano. El inicio en el consumo de cigarrillos suele insertarse en momentos muy concretos de transición, como el paso al instituto o a la universidad y se puede entender el consumo de cigarrillos como un ritual de paso femenino hacia el estadio adulto con una gran potencialidad simbólica que señala una independencia de las restricciones de la familia y de la autoridad.

Mito 4. Fumar te hace más mujer Pero fumar cigarrillos no sólo supone el paso hacia el estado adulto, sino también la entrada al mundo femenino. Se trata de hacer “cosas de mujeres” y de mostrar que ya “se es mujer”. El cigarrillo en este contexto adquiere una dimensión estética fundamental, convirtiéndose ante todo en un adorno del cuerpo que, junto al maquillaje, el peinado, la ropa o los accesorios, contribuyen a la definición y la exhibición de la feminidad.

La parte estética del cigarrillo es tan significativa en estas edades adolescentes –precisamente, cuando es probable que todavía no se ha desarrollado una habituación a la sustancia– que la ingestión de ésta se vuelve irrelevante. Lo decisivo no son tanto los efectos farmacológicos sino el impacto social del cigarrillo en la definición y la gestión de la propia apariencia social ante su grupo de pares. “Es más importante tenerlo en la mano que en la boca”, coinciden varias chicas adolescentes: “Cuando yo enciendo un cigarro estoy el noventa y cinco por ciento del tiempo con él en la mano y el cinco que falta en la boca. Mientras lo tengo en la mano empiezo a hacer así… [Hace movimientos suaves y elípticos con la mano como si tuviera un cigarrillo]. Claro, es la tontería de tenerlo en la mano. Me gusta.” O como cuenta otra joven fumadora: “Fumábamos de mentira, lo teníamos en la mano todo el rato y creo que nos gustaba como nos quedaba, pero nosotras sabíamos que fumar era malo y estaba prohibido y no queríamos ser fumadoras, sólo tener el cigarro en la mano en ese momento”.

El cigarrillo se percibe como un elemento decorativo y la imagen de la mujer fumadora resulta muy atractiva para las adolescentes al asociarse con la elegancia, la seducción y la autonomía. Fumar es un vehículo de expresión de los valores de la feminidad.

Mito 5. Fumar es guay Un quinto mito de gran importancia entre las chicas adolescentes es que fumar constituye una importante herramienta de distinción social y de adscripción a determinados grupos sociales de éxito. En los discursos de las jóvenes fumadoras una palabra se hace común y es la de “guay”. “Ser guay” o “hacerse la guay” es una motivación muy fuerte en muchas chicas para empezar a fumar y responde a un ideal adolescente caracterizado fundamentalmente por la popularidad y el éxito social y heterosexual, la práctica de determinados comportamientos transgresores y la asunción de ciertas modas adolescentes. Como comenta una chica fumadora: “Yo salía con un grupo de amigos mayores que yo y todos fumaban menos yo. ¿Qué pasa? Que pa hacerse la guay con 15 ó 16 años, te cogías y te fumabas un cigarrito y pasas de ser de Greenpeace a ser de la hostia”. O como afirma otra: “Me sentía como más chula, más mayor, no sé, más… Menos pava, porque tampoco es que fuera más mayor, sino que era como eso, como que te quitaba un trozo de pava, ¿no?”.

El poder simbólico del cigarrillo y su potencialidad instrumental en la interacción social y en la definición de la identidad se distingue con mayor intensidad frente a su ausencia o carencia, cuando se observan los costes sociales que implica el rechazo al consumo de tabaco por parte de las chicas adolescentes, ya que el no fumar puede suponer una seria barrera de ascenso social dentro de las jerarquías de popularidad (Plumridge, 2002). El consumo de tabaco es percibido por las adolescentes como asociado a las chicas más populares dentro de los grupos de pares. Estas chicas están presionadas para fumar, junto a otros comportamientos que forman parte del “paquete de la imagen social” de las jóvenes adolescentes, como el modo de vestir, beber alcohol o relacionarse con chicos. En cambio, los chicos populares no sienten esta presión y se inclinan más por otras actividades de promoción y reconocimiento social como la práctica de deportes, que, precisamente, es un factor protector del consumo de tabaco (Michell y Amos, 1997).

Mito 6. Fumar ayuda a ligar La relación entre fumar y la seducción, la atracción y el éxito sexual, es reconocida ampliamente por las fumadoras entrevistadas. En primer lugar, destacan que es una manera de establecer contacto con los chicos y de mostrar una determinada imagen. Muchas de las fumadoras entrevistadas afirman “que se ven guapas” y que “se gustan” con un cigarrillo en la mano. El cigarrillo funciona como un artefacto simbólico que expresa determinadas cualidades femeninas que las mujeres desean enfatizar como que son más extrovertidas, más interesantes, más divertidas, más elegantes, etc. Y, en definitiva, fumar se percibe como una estrategia para llamar la atención de los varones.

Además de mostrar una determinada imagen, el consumo de cigarrillos está relacionado con todo un ritual de acercamiento y contacto sexual. El cigarrillo es un instrumento para ligar, y fumar un buen pretexto para que un chico se acerque a una chica, o viceversa, con la excusa de pedir fuego o un cigarrillo y así iniciar una conversación: “Si le pides un cigarro a un tío que está muy bueno, pues puede servir de excusa para hablar con él. Yo lo he hecho, claro, al que me gusta le pido yo tabaco y él a mí y así empezamos a hablar. Además, es lo más normal del mundo que los tíos se te acerquen en el pub para pedirte un cigarro o tú a ellos. Y si te gusta, puedes empezar a hablar con él”.

Fumar también forma parte del juego de seducción mediante la manera de cogerlo y fumarlo ya que se inserta en unos esquemas corporales muy definidos y que operan de manera diferencial en mujeres y en hombres. Es un objeto que propicia centrar la atención en la boca y en las manos y potenciar la sensualidad del cuerpo femenino: “Hay muchas maneras [de fumar un cigarrillo], tú ves a Marlene Dietrich fumando y dices: ‘Uhh, qué guapa, cómo fuma, que estilo’ y cosas así. [...] Y luego, por ejemplo, tú ves a las niñas, de éstas que están bailando o haciéndose un poco las interesantes que están mirando a un muchacho y es muy típico lo de estar con su cigarrito o echar el humo de forma insinuante. Ahí también hay algo de sensualidad, intencionada, claro, no es que sea sensual el fumar. Puedes fumar de muchas formas, claro…”. El cigarrillo es un instrumento de exhibición de la sexualidad femenina y funciona como un importante mediador del contacto heterosexual.

Algunas reflexiones finales Para finalizar este artículo, quisiera plantear algunas reflexiones. En primer lugar, subrayar la importancia de la metodología cualitativa como estrategia de acercamiento holístico, intersubjetivo y multidimensional al estudio del uso de drogas. El estudio del consumo de tabaco ha sido tradicionalmente definido en términos adictivos y abordado como una cuestión clínica, psicológica y epidemiológica. Pero el consumo de tabaco es, además y sobre todo, un hecho social que se inserta en un contexto social, económico, cultural e histórico concreto donde adquiere significados específicos para los actores sociales. Y también es una práctica fuertemente condicionada por los sistemas de género y por las definiciones normativas de la feminidad y de la masculinidad.

Una aproximación cualitativa y sensible al género puede mostrar las especificidades del consumo femenino de cigarrillos que pueden ser útiles no sólo para comprender las transformaciones sociales, culturales, económicas y de género de una práctica cotidiana, sino también para reorientar políticas sanitarias y de prevención y deshabituación del consumo de tabaco. Por ejemplo, temas como el control de peso y la influencia de los estándares corporales basados en la delgadez, el manejo situaciones estresantes, la gestión de la propia imagen y la construcción de la identidad adolescente, el rol de las mujeres en la interacción con los varones o el fortalecimiento de habilidades sociales de cara a la integración grupal, aparecen como cuestiones ineludibles en cualquier programa de prevención del tabaquismo específicamente orientado a las necesidades y expectativas de la población femenina adolescente.

Pero también es preciso ir más allá, y reflexionar y cuestionar los procesos subyacentes de desigualdad frente a la salud que implica la tabaquización de las mujeres. El consumo de tabaco, lejos de constituir un signo de los procesos de igualitarización social y económica entre los sexos, es uno de los principales indicadores contemporáneos de desigualdad social y de género. En primer lugar, no se puede obviar que el consumo de tabaco está ligado a una mayor probabilidad de enfermedad y de muerte, y que –como ya muestran las estadísticas– cada vez más mujeres enferman y fallecen como consecuencia de problemas de salud derivados del tabaquismo. Cifras que probablemente se incrementen frente al creciente número de nuevas fumadoras. En segundo lugar, es preciso reconocer –y atajar– las causas del consumo de cigarrillos entre las mujeres y cómo éstas se entroncan en una estructura social, económica y simbólica desigual. Primero, porque las mujeres se sienten más presionadas por modelos estéticos y sociales de éxito, centrados fundamentalmente en la delgadez y la sexualización del cuerpo; modelos que son fomentados por las industrias tabaqueras que han situado a las mujeres en el núcleo de sus estrategias comerciales. Además, la desequilibrada división del trabajo, la sobrecarga de roles, la desigual distribución del capital social, cultural y económico contribuyen a que las mujeres fumadoras afronten su estrés cotidiano mediante el cigarrillo frente a la falta de disponibilidad de otro tipo de recursos. También, el carácter androcéntrico y adultocéntrico de gran parte de las políticas públicas ha contribuido a que las mujeres adolescentes y jóvenes no perciban los daños del consumo de tabaco más allá de los relacionados con el cáncer de pulmón y el embarazo; lo que favorece una minusvaloración del riesgo frente a los beneficios experimentados de su consumo.

En suma, acabar con esta profecía que se cumple a sí misma requiere drásticos cambios tanto desde arriba, a nivel de políticas públicas, como desde abajo, a nivel de mentalidades y actitudes sociales frente a las relaciones de género y los modelos hegemónicos de éxito femenino. En este último aspecto, cabe enfatizar la importancia de las labores preventivas desde las diferentes instancias de socialización –fundamentalmente, familia, escuela y medios de comunicación de masas– y su papel en la deconstrucción de los mitos y otras representaciones idealizadas sobre el consumo de cigarrillos para las chicas jóvenes y adolescentes.

* Universidad de Sevilla.

mljimenez@us.es

 

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