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En mi familia se bebe… mucho

En mi familia se bebe… mucho

Por Alejandro Casillas del Moral

Sólo el desapego de la inercia mortal de mi familia, me permitirá sentir que yo soy dueño de mi vida. Anónimo

¿Mucho?… ¿Qué tanto es mucho?… ¿Mucho con relación al tiempo, a la frecuencia o a la cantidad?

Estas y muchas otras preguntas más pueden surgir ante el consumo de alcohol en el ámbito familiar.

Y, sin embargo, en términos de tradición y de cultura el alcohol es para las familias mexicanas un importante ingrediente en las fiestas y reuniones; no es raro escuchar que la fiesta de los quince años de la hija, para la que se ahorró durante un largo periodo, terminó con una balacera o por lo menos en pleito a raíz de la borrachera, dejando un desagradable sabor de boca, posiblemente a vino. La boda en la que el novio se quedó dormido en la fiesta porque no hizo más que beber y la novia viviendo la primera de muchas batallas perdidas contra su mayor rival: la botella.

En toda reunión social aparecen impulsos y temores canibalísticos, que se traducen en deseos de crítica hacia los demás y temor a ser criticados por éstos, de tal manera que el alcohol es usado entonces como desinhibidor social, como el ansiolítico que facilita una manifestación más libre de la personalidad y por ello podríamos decir que es casi imprescindible su presencia cuando se trata de divertirse, festejar y relajarse. El alcohol permite la convivencia diluyendo el temor a ser comido por los demás y acrecienta el impulso canibalístico, es decir, que a medida que los individuos se intoxican pierden el miedo a ser criticados y se autoperciben con mayor seguridad como para defender su honor e integridad ante enemigos reales o fantaseados. Este es el uso paradójico del alcohol a nivel social y por lo tanto peligroso.

El criterio más funcional para definir si el uso de alcohol en una familia es o no enfermo radica en los efectos que ejerce en sus integrantes, tanto a nivel particular como a la familia en sí. El alcohol no afecta sólo a quien lo bebe, su efecto trasciende a todos los miembros de la familia aun sin que éstos beban. Es decir que una familia es alcohólica cuando el consumo de alcohol por parte de uno o más de sus miembros afecta el funcionamiento cotidiano y sus integrantes cambian las modalidades del rol que habitualmente desempeñaban dentro del ámbito familiar.

No sólo pierde el estilo el que se emborrachó, sino que todos los demás familiares lo pierden también. El alcohol los transforma a todos; la madre comprensiva se torna intolerante con los hijos, éstos presentan trastornos conductuales que interfieren en su rendimiento escolar, los hermanos(as) pierden la confianza y se llenan de miedo y vergüenza, la esposa enamorada se convierte en una mujer resentida y devaluada. El hogar se convierte en un hospital de desintoxicación en el que todos los miembros de la familia son los enfermos y cuidadores del alcohólico.

Cuando algún miembro de la familia se intoxica con alcohol, el efecto se expande al resto de los miembros; como si fuera vapor, ocupa todo el espacio. La dinámica familiar se reacomoda en función de la intoxicación de alguno de sus miembros. El resto de la familia se intoxica con las emociones, sentimientos, resentimientos, temores, ideas y actitudes que les provoca la forma de beber de su ser querido.

Observamos, por ejemplo, que mientras los familiares de un sujeto alcohólico están aguardando su llegada, prevalece la sensación de incertidumbre, todos hacen como si no pasara nada, pero en el interior de cada uno aparecen fantasías destructivas con respecto al alcohólico y a la familia en sí: “Cuando él llegue nos va a maltratar… Esta vez no voy a permitir que me insulte delante de mis hijos, y mucho menos que les pegue… Ojalá y no me despierte con sus gritos cuando llegue… Mejor me duermo y así no veo su llegada… no puedo dormir… qué tal si me necesita cuando llegue… ¿Y si no llega?… Tal vez chocó o se peleó con alguien en la calle o a la mejor está preso… ¿Por qué no llegará?… Tal vez lo atropellaron o lo balacearon… seguramente está muy contento con sus cuates y yo aquí preocupándome… si por lo menos hablara para avisar que está bien… bueno, dicen que lo malo se sabe luego luego… y qué tal si lo asaltaron y luego no hay forma de identificarlo si es que… no, no, esta vez como siempre, me estoy preocupando a lo tonto… pero es que es muy tarde ya… qué angustia…”

Todos estos pensamientos van intoxicando silenciosamente a la familia entera, se va perdiendo el sentido de realidad y en la mayoría de las ocasiones no se habla de lo que se siente por temor a que los presentimientos se conviertan en hechos reales.

En otros casos, algún miembro de la familia o la familia entera se intoxica de negación: “no pasa nada… no es para tanto… ni que bebiera mucho… todo está bien… alcohólicos, los teporochos de la calle…”

En otro tipo de familias, la intoxicación se realiza directamente con alcohol. La botella está en la mesa y la familia alrededor. Todo comienza con un brindis… el miembro alcohólico bebe más que los otros y éstos para poder tolerarlo aumentan también su consumo… los resentimientos comienzan a emerger y se dice lo que había permanecido en silencio, las palabras salen de bocas intoxicadas y son escuchadas por oídos intoxicados también, la realidad se perdió y la familia en su totalidad entró a otra dimensión.

En algunas ocasiones, el alcohol despierta a los fantasmas, las borracheras se convierten en una especie de sesiones espiritistas en las que, a través de la conversación, se habla del que se fue, se le recuerda, se le llora, se le teme, se le idealiza y se le extraña. Sólo el alcohol les permite a muchas familias recordar a sus muertos; sólo estando intoxicados se les llora y se vive su ausencia.

El alcohol funciona como facilitador de la integración familiar ante la dificultad para hablar directamente de lo que se siente. Una vez intoxicados, todos se pueden decir lo que sienten (aunque agrandado y acompañado de reclamo), o bien pueden olvidarlo y seguir guardándolo y usándolo como pretexto para la próxima borrachera.

El individuo alcohólico requiere de cada vez mayor cantidad de alcohol para satisfacer su necesidad de la sustancia, es decir, su organismo se ha hecho paulatinamente tolerante. En la familia ocurre lo mismo, tolera cada vez más los efectos (sensaciones desagradables) que sobre ella ejerce la intoxicación del alcohólico activo. El estar a la expectativa es el sentimiento cotidiano de la familia y esto se tolera cada vez más, y, de esa manera, la tolerancia impide tanto a la familia como al alcohólico percatarse de la enfermedad. Mientras que para el alcohólico es normal intoxicarse con alcohol y perder el sentido de realidad, para la familia es normal también perderse en la incertidumbre, embriagarse de angustia. Para estas familias el contacto con la muerte es lo cotidiano; la muerte es el evento más esperado y más temido.

El alcohólico genera en el resto de los miembros de la familia un fuerte conflicto entre el deseo y el temor a la muerte. Las fantasías destructivas con respecto al alcohólico representan este conflicto: “Ojalá y esté bien… espero que no haya tenido un accidente… que por lo menos esté vivo”. Estas son frases que los familiares se repiten a sí mismos para mitigar sus propios deseos inconscientes de que el alcohólico desaparezca de sus vidas.

El Síndrome de Abstinencia es un fenómeno que también se experimenta a nivel familiar. Así como el alcohólico requiere de alcohol para sentir que mejora su estado físico y emocional, la familia necesita también de los sentimientos que le provoca la intoxicación física del otro para sentir que retorna a la normalidad que se instaura a través de la incertidumbre.

El alcohol, como hasta aquí se ha visto, forma parte del sistema familiar y cumple con determinadas funciones. En la práctica clínica se observa que cuando el paciente alcohólico inicia su proceso de rehabilitación, la familia se siente amenazada y hace lo posible por bloquear su recuperación. La familia aprendió a funcionar en torno a alguien que se intoxica y cuando ese alguien ya no lo hace le es intolerable la sensación de que ya nada grave pasa, así que, inconscientemente, se elige a otro miembro para que se sacrifique y satisfaga la necesidad de los demás de depositar el resentimiento y la hostilidad en algún otro, y para estos fines, ¿quién mejor que un alcohólico? La enfermedad cambia de piel.

La familia aprendió a vivir con la enfermedad y adaptó su funcionamiento a ésta. Su razón de ser y de estar era salvar al alcohólico, separarlo de la batalla, pero sobre todo, salvarlo de la hostilidad que se le depositó a raíz de sus borracheras. A pesar de que el alcohólico deja de intoxicarse con alcohol, la familia sigue intoxicándose con rencor, miedo y angustia, ahora esperan la recaída del alcohólico o la catástrofe en cualquier otro de sus miembros.

La familia quedó contaminada, se convirtió en una familia tóxica que requiere de ayuda terapéutica para romper con la modalidad intoxicante con la que permaneció unida. En la práctica clínica es común observar que cuando el alcohólico de la familia muere a raíz de su enfermedad, otro miembro toma su lugar.

El alcohol satisface las necesidades neuróticas de la familia, la botella se convierte en un integrante más de ésta, tan odiada como necesitada o necesitada para ser odiada. Así, cada uno de sus miembros posee un objeto concreto al cual culpar de la desintegración y de la no identidad familiar sin responsabilizarse de sus propios problemas y de la manera en la que el alcohol los salva del compromiso que implica la vida.

El alcoholismo del padre les sirve, por ejemplo, a los hijos para justificar sus fracasos, y a la madre le sirve para justificar su incapacidad para hacerse cargo de su propia vida con argumentos como: “yo permanezco casada con su padre porque requiere de mis cuidados para sobrevivir, así que ustedes, mis hijos, tienen que agradecer el sacrificio que hago por preservarle la vida a su padre”.

El alcoholismo anestesia el crecimiento emocional de la familia e impide que sus integrantes logren su independencia, imposibilitándoles la creación de una nueva familia con características e identidad propias, es decir, que los individuos que provienen de familias alcohólicas experimentan serias dificultades para sentirse seguros en su nueva familia, y en algunas ocasiones logran que alguno de sus miembros se convierta en alcohólico o eligen parejas alcohólicas para así reencontrar el sentido que de inicio tuvo su vida: vivir en torno a los efectos que el alcohol provoca en el propio cuerpo en el de otros. Por eso beber mucho se convierte en la única manera de beber para muchas familias, porque lo difícil es disfrutar con rituales en los que reine la prudencia y la moderación.

Nota Alejandro Casillas del Moral es psicólogo, terapeuta en adicciones en distintas instituciones privadas, escritor y director de obras de teatro sobre adicción y coadicción como “Tejido sin fin”. Entrenamiento en psicoterapia analítica y actualmente entrenamiento en dirección de técnicas dramáticas.

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